
Cuando las palabras se sienten agolpadas y tratan de salir desde no sé qué parte de mí, ese intelecto que a veces está tan despierto y fluido como un bello manantial, entonces es cuando quiero comunicarme con mi otro yo, ése que está mirándome solapadamente.
Es casi un deber hablarle de esas cosas mías que han dolido, que sofocan el alma y llore, son pequeñas cosas, están en un rinconcito quietas, viéndome, esperando su punto de partida, para quedarse apaciguadas o danzar según mis sentimientos o pensamientos, son cosas que el viento sopla, las alza, revolotean, algunas de ellas salen por la ventana de mi vida. Hay otras, que no las quiero dejar ir, porque están adheridas y se convierten en monstruos gigantes difíciles de escapar. Cuán difícil es a veces soltar aquellas, que a pesar de no haberme hecho feliz, viven conmigo; hubiese querido tener una varita mágica y ¡suaz!: correr mi mano y que la magia del color con sus chispitas de luz hubiese cambiado todo. O que mi oruga interna se hubiera convertido en mariposa volando. ¡Qué maravilla de arco iris!, pero ni la mariposa, ni el arco iris son reales y me refugio en mil preguntas sin respuesta inmediata, quizás en algún momento de mi caminar por algún sendero, las encuentre como sorbitos de agua dulce refrescándome y dándome paz.
Esas pequeñas cosas, hacen que mi marea se agite, oleajes que sacuden mi interior hasta envolverme en un velo y danzar sobre alfombra blanca con mis pies descalzos, danzando una y otra vez con el fondo musical lleno de paz, compenetrándose con mis células que se expanden hasta difundirme con el universo para olvidarme de ellas.
Y es que a ellas, no les importa cómo sean mis atardeceres, si por ellas me lleno de nostalgia, y al mismo tiempo siento felicidad al contemplar el espectáculo que pinta el gran pintor y que me seduce, invitándome con una dorada copa de delicioso néctar que recorre todas mis entrañas y hace que todas sus burbujas se agiten en mí y me lleven a la exaltación creyendo que sol de mi vida empieza a recorrer mi noche, -algunas de ellas- se convierten en la negra noche del alma para luego volver a sentir las madrugadas plenas de sol, de cantos matutinos que me sacan de ella. Mis cosas, no saben dónde estuve en esas horas que las olvidé en medio de esa feliz neblina que me envolvió.
No les importa el estado de mi tiempo: si estoy en invierno o en primavera, si en mi época templada del otoño se caen las hojas o si me salen unas cuantas canas, están ahí desde cuando todas mis montañas hablaban del verdor de la primavera y de sus campos, pero luego se compenetran con las nubes del estío hasta convertirse en la leve lluvia que veo desde el cristal de mi ventana. Ahí están, a la espera que les pida que se marchen porque no las necesito, porque su compañía me estorba, porque simplemente no quiero que estén ahí, y sin temor a herirlas les abriré la ventana de mi alma al igual que hice con otras. Entonces sé que se irán, empezarán un viaje incierto, simplemente las soltaré cual cintas de colores, quizás vuelvan a su naturaleza, pero sé que se perderán en la nada para no molestar a nadie más, se irán sonrientes porque sabrán que me enseñaron a vivir sin ellas y que por fin nuestras cadenas quedarán rotas por siempre. ¡Entonces mi querido yo: ¡viviremos el feliz anhelo de la libertad!
Etelsaga 1 de septiembre 2007
2 comentarios:
Precioso tus textos Ethel, y fue una sorpresa agradable haber encontrado también algunas de mis divagaciones literarias de mis tiempos de radio con Lía en el 2009. Gracias.
Norberto
Era necesario subir esas divagaciones a este espacio...
Gracias a ti..
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