LUCES Y SOMBRAS
Pintura de Elena Shumakova
Tomó sus pinceles y en la paleta había diluido varios colores. A un lado un trapo seco que no tenía color alguno, la mezcla de la limpieza de los pinceles había logrado evadir su color original. A pocos centímetros un frasco de aceite y al frente un gran lienzo en blanco. Empezó a bocetar sin rumbo fijo, la mano corría por el lienzo de acuerdo a aquello que la mente iba sugiriéndole. Estos elementos estaban suspendidos en el aire.
En el fondo colocó unos trozos de madera como pared y luego situó una mesa con un mantel estampado con florecitas pequeñas. Aquel que su madre tanto cuidaba y extendía con orgullo al sol después que lo lavaba. No podía colocarlo a la mesa sin antes plancharlo.
Su mano tenía prisa en terminar el cuadro, su ansiedad quería verlo finalizado. Colocó en todo el centro una jarra con café y leche revueltos, al frente un vaso de cristal. Volvió a la pared para delinear un racimo de ajos, unos rojos, otros blancos envueltos en sus cáscaras. Era importante colocar una lámpara de luz. Al otro extremo pintó una gran fruta, quizás para él era un zapallo, o quizás un melón (no supo al fin que era). Dio sombras y continuó de prisa con su labor. Al vaso quiso colocarle una bandeja de plata sencilla y pequeña acompañado con un trozo de buen pan, dos cubos de azúcar y al otro lado dos roscas de pan tostaditas y como acabadas de salir del horno.
Mientras pintaba percibía los olores que tenía al frente y auguraban un buen desayuno. De nuevo su ansiedad hizo que se detuviera para mirar la obra en conjunto, mientras con sus dedos se alisaba un poco el pelo que caprichoso quería cubrir sus ojos. Faltaban las luces indispensables para que su obra quedara óptima. Se apuró, parecía que una fuerza extraña lo llevara a terminarla rápidamente contrariando las técnicas de la pintura al óleo: dejar secar para continuar pintando. Pero el tiempo en ese momento no era igual al real y maravillosamente jugaba secando los óleos y dándole gusto al pintor.
Luego de terminada su obra, empezó a analizar todos los elementos que había pintado: Había luz, estaba representada en la lámpara y en los rayos de luz que del exterior podían embellecer la pintura; había oscuridad, quizás la de la noche, o la de la mente, en contraste con el vaso de cristal que resplandecía y cuya transparencia se volvía casi envidiable para él. Había pan necesario para no morir de hambre al menos durante un día. Leche y café para amortiguar las fatigas. Su mente identificó la fruta y supo que era un melón jugoso, no le importó que su figura no hubiese quedado perfecta. El azúcar necesario para dar calorías. Cuando miró el racimo de ajos supo que no compaginaban en un buen desayuno, pero algo le dijo que estos eran milagrosos (energéticos, desinfectantes y fortificantes) y por sobre todo tenían calor de cocina, calor de hogar, calor de mamá. (Y volvió la imagen de su mamá lavando el mantel y las frases repetitivas de ella: tienes aptitudes para la pintura).
Lloró viendo su obra, el tiempo, ese mismo que jugó durante el proceso de pintura lo sustrajo a la realidad, pasó por la cara llena de barro sus sucios dedos y se revolcó en el andén gimiendo. Un perro a su lado y unos cartones encima de su cuerpo era lo único que daban calor de mamá. Sintió mucho frío, abrió sus ojos y supo que llovía torrencialmente.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada